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lunes, 17 de septiembre de 2012

Flores en vida.



Esto es una historia completamente real que me contó hace algún tiempo la persona a la que le ocurrió, y me tocó mucho y me hizo pensar y replantearme algunas cosas, por eso me gustaría compartirla.

Esta persona, cuando era un niño, un día fue a ver los toros, y es muy típico que le tiren flores al torero si lo hace bien. Él tenía un amigo que trabajaba en la plaza de toros y al que pidió que le diera las flores que la gente tiraba, con ellas hizo un ramo y se las llevó a su abuela. Cuando su abuela abrió la puerta él le dio las flores y ella las cogió y las olió. Decía que el brillo de los ojos de su abuela es algo que nunca olvidará.

Su abuela murió 15 minutos después.

Todos sus familiares y amigos le llevaron flores a su tumba, pero esas flores ya no servían de nada; sin embargo él le dio flores en vida.
El tiempo que tienes es corto, úsalo con sabiduría.

PD: Seguramente no haga el video sobre Marruecos por falta de tiempo (hoy he empezado la universidad, que mayor soy, já), ¿queréis que haga una entrada sobre la experiencia?

domingo, 17 de abril de 2011

Corazón de piedra.

- Por favor, déjame explicártelo.

- Tienes un minuto - dijo ella mientras programaba su reloj.

- Yo... me he portado como un imbécil, no, soy un completo y absoluto imbécil, el mayor imbécil del mundo. Pero es que tenía miedo. Estaba asustado de lo que sentía, y lo sigo estando. Me has hecho sentir cosas que ni siquiera sabía que podía sentir. Tú has conseguido darle vida a mi corazón de piedra.

Pip pip

- Ya ha pasado el minuto, así que me voy. Siento haberte hecho perder el tiempo - dijo él mientras se daba la vuelta para marcarse.

- ¡Espera! ... Tú me has hecho daño, me has hecho más daño que en toda mi vida entera junta. Y lo que más me enfada es que yo ya te hubiese perdonado antes de que vinieses ha hablar conmigo, no sé por que, tal vez por que me has hecho más feliz que en toda mi vida junta.

lunes, 11 de abril de 2011

¿Y por qué no?








Un profesor de filosofía una vez puso a sus alumnos un examen en el que la única pregunta era: ¿Por qué? Y el único que sacó la máxima puntuación fue el que contestó: ¿Y por qué no?


Siento mucho no haber publicado nada en estos días, es que he estado de viaje. Perdonadme.

domingo, 20 de marzo de 2011

La mujer que no era una princesa que le rompió el corazón al príncipe.


¿Sabéis cual es el cuento de la princesa y el guisante? Esa historia en la que los reyes buscan a su hijo una princesa tan delicada que le moleste un guisante debajo de un montón de colchones.

Es un cuento horrible, ni de pequeña me gustaba, es machista hasta decir basta. Enseña a las niñas que para conseguir a su príncipe azul deben ser una princesitas delicadas y que hacen lo que se les diga.

¡No! Las mujeres debemos ser fuertes, seguras de nosotras mismas, independientes y confiadas. Basta de tantos cuentos machistas que nos enseñan todo lo contrario.
En un momento de inspiración me he inventado otro cuento:

Érase una vez, en un reino muy muy lejano, vivía un príncipe tan tan furte, que nadie podía vencerlo. De todos los lugares del mundo venían guerreros y caballeros para luchar con el príncipe, pero ninguno conseguía vencerlo.

Un día, llego al reino un caballero que quería batirse en duelo con el príncipe. Lucharon, y para sorpresa de todos los presentes, ganó el caballero, ¡el príncipe había sido vencido! Entonces, el caballero se quitó el casco y todos pudieron ver que en realidad no era un caballero, sino una caballera. ¡Una mujer había vencido al príncipe invencible!

El príncipe, en vez de enfadarse y sentirse humillado, se enamoró perdidamente de aquella mujer que no era una princesa, ni delicada, ni dócil, ni la más guapa. Todo lo contrario, ella era fuerte, segura y parecía brillar con luz propia.

Pero la mujer que no era una princesa no quería al príncipe, sino a su escudero. Aquel que siempre había estado a su lado, el que le dejaba su chaqueta cuando ella tenía frío, el que sufría en cada combate, el que no le decía cosas crueles, el que la entendía. ¿Cómo no iba a enamorse de él? No cesitaba a ningún príncipe, tenía algo mejor.

jueves, 3 de marzo de 2011

No todos los regalos de San Valentín vienen en sobres


Cuando era adolescente, trabajaba de camarera en un restaurante en el sur de California. Aunque las noches de California se supone que son cálidas, aquella noche de febrero, el viento frío se filtraba por la puerta principal. Alrededor de las nueve de la noche casi no había clientes, y empezé a sentir lástima de mí misma.. Veréis, todos mis amigos habían ido al cine, pero yo tenía que trabajar hasta el cierre.

No le puse mucha atención al hombre que entró en el restaurante. Un montón de hojas entraron con él. El silbido del viento se apagó cuando la puerta se cerró tras de si. Me ocupé en preparar más café. De pronto, la anfitriona me tomó por el brazo. "Esto si es extraño", susurró, "pero hay un hombre con un bigote blanco sentado allá que dice que no va a comer aquí a menos que tú lo atiendas".

Tragué saliva. "¿Será un loco?".
"Miraló por ti misma", respondió.

Cuidadosamente nos asomamos por el follaje decorativo para ver al misterioso hombre del rincón. Lentamente él bajó su menú, dejando ver cabello denso y blanco, ojos azules y una gran sonrisa debajo de su bigote. Levantó la mano y saludó.

"¡No es ningún loco!", le dije, "¡es mi padre!"
"¿Quieres decir que vino a verte al trabajo?", me preguntó a la anfitriona, "para mí eso sí es extraño".

Yo no pensé que fuera extraño. Pensé que fue bueno. Pero no dejé que papá se diera cuenta. ¡Pobre papá! Actué tan desinteresada, diciéndole las sopas del día y escribiendo su orden antes de que alguien pudiera verlo tomar mi brazo y decirme: "Gracias, cariño".

Pero quiero que sepáis algo, nunca olvidé esa noche. El que él estuviera allí significó tanto para mí. Mientras que silenciosamente me veía limpiar mesas y llenar tazas de café, podía escuchar sus palabras silenciosas en mi mente diciendo: "Estoy aquí. Te apoyo. Estoy orgulloso de ti. Estás haciendo un buen trabajo. Sigue adelante. Tú eres mi pequeña. Te amo." Fue el mejor regalo de San Valentín que recibí ese año.

Robin Jones Gunn.

viernes, 25 de febrero de 2011

Obstáculos


Dejo que mis pies me lleven.

Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorte la silueta de una ciudad. Agudizo la mirada para distinguirla bien. Siento que la ciudad me atrae.

Sin saber cómo, me doy cuenta de que en esta ciudad puedo encontrar todo lo que deseo. Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en esta ciudad. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos.

Me imagino que todo eso está en esa ciudad. Sin dudar, empiezo a caminar hacia ella. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. 
Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino. Al acercarme, veo que una enorme zanja me impide mi paso. Temo... dudo.

Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto... Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando.
Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar carrera y también la salto. Corro hacia la ciudad: el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene mi camino. Me detengo. Imposible saltarlo.

Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que está allí para construir un puente. Nunca he sido hábil con mis manos... Pienso en renunciar. Miro la meta que deseo... y resisto.

Empiezo a construir el puente. Pasan horas, o días, o meses. El puente está hecho. Emocionado, lo cruzo. Y al llegar al otro lado... descubro el muro. Un gigantesco muro frío y húmedo rodea la ciudad de mis sueños...

Me siento abatido... Busco la manera de esquivarlo. No hay caso. Debo escalarlo. La ciudad está tan cerca... No dejaré que el muro impida mi paso.
Me propongo trepar. Descanso unos minutos y tomo aire... De pronto veo, a un costado del camino un niño que me mira como si me conociera. Me sonríe con complicidad.  

Me recuerda a mí mismo... cuando era niño.  

Quizás por eso, me animo a expresar en voz alta mi queja:
-¿Por qué tantos obstáculos entre mi objetivo y yo?   

El niño se encoge de hombros y me contesta: -¿Por qué me lo preguntas a mí?
Los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras... Los obstáculos los trajiste tú.

Jorge Bucay.

domingo, 13 de febrero de 2011

Estrellitas y duendes

En el país de los cuentos había una vez un pequeño duende. Un duende muy travieso que siempre andaba riendo y saltando de un lado para otro. Vivía en una casita toda rodeada de montañas. A su lado, un pequeño río que discurría placidamente por la falda de la ladera describiendo un paisaje difícil de imaginar. 

Lo que mas gustaba al duendecillo era ver como cada mañana, con los primeros rayos de sol, todas las flores de su jardín iban abriendo una por una sus hojas. Uno de aquellos días, como muchos otros, salió a pasear a la montaña. Y caminando entre las rocas encontró una flor: era una flor preciosa, nunca había visto otra de igual belleza. Le había cautivado tanto que paso toda la tarde mirándola. Era maravilloso verla cuando se contorneaba cada vez que el viento acariciaba sus hojas. Al siguiente día y al siguiente, y al otro, volvió para estar a su lado y mirarla. 

Un día como tantos otros, nuestro duendecillo vio como de una de sus hojas caía una pequeña lagrima. No entendía como la flor más maravillosa del mundo podía estar triste. Se acercó a ella y le pregunto:  "¿Por que lloras?". Y contesto la flor: "Me siento triste aquí entre las rocas, sin nadie que me mire salvo tú Me gustaría vivir en un jardín como el tuyo y ser una mas de entre las flores. Además, te concederé el deseo que más quieras si me llevas allí".   

Fue entonces, cuando el pequeño duende la tomo entre sus manos y con todo el cariño del mundo la planto en el lugar mas bonito de su jardín. Una vez cumplido el deseo, la flor le dijo al duendecillo: "Y bien, ahora que me has llenado de felicidad al traerme aquí, ¿qué es lo que mas deseas en este mundo?". Y el duendecillo entonces, la miro fijamente y contesto : "Quiero ser flor como tú para sentirme por siempre a tu lado".

Jorge Bucay.

jueves, 10 de febrero de 2011

Dejaré de quererte


Era ese momento de la tarde en el que el cielo se vuelve de color celeste oscuro y las nubes rosas. La luna parecía la boca del gato de Alicia en el País de las Maravillas que le sonreía burlón. Hacía frío, pero no le importaba.

Llevaba un chocolate caliente en una mano y el libro que estaba leyendo en la otra. Estaba decidida a decirle que ya no le importaba que tuviese novia, que no derramaría más lágrimas por él, que dejaría de amarlo con todas sus fuerzas, que lo había superado.

Se había convencido a si misma, esta vez se lo diría. Pero entonces él le sonrió, y todo se vino abajo.

viernes, 4 de febrero de 2011

Galletitas

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan de que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiadala señora va al puesto de periódicos y compra una revista, luego pasa al kiosko y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras ojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un periódico.

Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, como el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comersela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera pero tampoco ha hacer como si nada hubiera pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galleta que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galleta. La señora gime un poco, toma una nueva galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sonteniendo otra vez la mirada del muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido. Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galleta. "No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galleta y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

-¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galleta.
-De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras se come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: "Insolente".

Siente la boca reseca de ira. Abre su cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ¡Intacto!.

Jorge Bucay.

lunes, 24 de enero de 2011

Gotitas de amor

Había un incendio en un gran bosque, formaba llamaradas impresionantes, de una altura extraordinaria. Una pequeña ave, muy pequeñita, fue al río, mojó sus alas y regresó sobre el gran incendio y las empezó a agitar para apagarlo; y volvía a regresar y volvía a ir una y otra vez.

Los dioses, que la observaban, sorprendidos la mandaron llamar y le dijeron: "Oye, ¿por qué haces eso? ¿Cómo es posible? ¿Cómo crees que con esas gotitas de agua puedas tú apagar un incendio de tales dimensiones? Date cuenta, no podrás lograrlo".

Y el humildemente contestó: "El bosque me ha dado tanto. Yo nací en este bosque que me ha enseñado la naturaleza, me ha dado todo mi ser. Este bosque es mi origen y mi hogar y voy a morir lanzándole gotitas de amor, aunque no lo pueda apagar". 
Los dioses se dieron cuenta de lo que hacía la pequeña ave y le ayudaron a apagar el incendio.

Cada gotita de agua apacigua un incendio.
Cada acción que con amor y
entusiasmo emprendemos,
un mejor mañana será su reflejo.
No subestimes sus gotas:
millones de ellas forman un océano.
Todo acto que con amor realizamos,
regresa a nosotros multiplicado.

martes, 18 de enero de 2011

El jardín del rey

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.

Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.

La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresia, floreciendo más fresca que nunca.

El rey le preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías Fresisas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mirate a ti mismo. No ha posibilidad de que seas de otra persona. Puedes difrutarlo y florecer regado por tu amor por ti, o puedes marchitarte en tu propia condena. 

Jorge Bucay.

domingo, 16 de enero de 2011

La ciudad de los pozos

Esta ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta. Esta ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes... pero pozos al fin. 

Los pozos se diferenciaban entre sí, no solo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior). Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un día llegó a la ciudad una "moda" que seguramente había nacido en algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido.

Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de cosas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más optaron por el arte y fueron llenándose de pinturas, pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas. Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más. Los pozos no eran todos iguales así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior...

Alguno de ellos fue el primero: en lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

No paso mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. El pensó que si seguían hinchándose de tal manera, pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad... Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho.

Pronto se dio cuenta que todo lo que tenia dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido... Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego , cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo. Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho...

Un día, sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa: adentro, muy adentro y muy en el fondo encontró ¡¡agua!! Nunca antes otro pozo había encontrado agua...El pozo supero la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia fuera.

La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar. Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto , en tréboles, en flores, y en troquitos endebles que se volvieron árboles después... La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar "El Vergel".

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro. -Ningún milagro - contestaba el Vergel - hay que buscar en el interior, hacia lo profundo... Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas...

En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío... 
Y también empezó a profundizar... 
Y también llegó al agua... 
Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo...
-¿Qué harás cuando se termine el agua?- le preguntaban. - No sé lo que pasará - contestaba - Pero, por ahora, cuánto más agua saco, más agua hay. Pasaron unos cuantos meses después del gran descubrimiento.

Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma... Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro.

Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida. No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto: La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar.

Jorge Bucay.

jueves, 13 de enero de 2011

La Tristeza y La Furia

En un reino encantado donde los hombres no pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas. Había una vez... un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente.

Hasta ese estanque mágico y transparente se hacercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, La Tristeza y La Furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas entraron al estanque. La Furia, apurada (como siempre está La Furia), urgida, sin saber por qué, se bañó rápidamente y salió del agua.

Pero La Furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró. Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de La Tristeza.

Y así, vestida de Tristeza, La Furia se fue. Muy calmada y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, La Tristeza terminó su baño sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla encontró que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a La Tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de La Furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con La Furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos tomamos el tiempo de mirar bien, encontramos que La Furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de La Furia, en realidad... está escondida La Tristeza.

Jorge Bucay.

domingo, 9 de enero de 2011

El buscador

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador.

Un buscador  es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador, disfrutaran del paisaje, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción… “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla, decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo descubrió con espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
-No ningún familiar - dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?

El anciano sonrió y dijo: 
-Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fue lo disfrutado y a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?… ¿Una semana? ¿dos? ¿tres semanas y media?… Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?… ¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?… ¿y el casamiento de los amigos…? ¿y el viaje más deseado…? ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas? ¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.

Jorge Bucay.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

El Amor y La Locura

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de La Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando El Aburrimiento había bostezado por tercera vez, La Locura, como siempre tan loca, les propuso:
-¡Vamos a jugar al escondite!
La Intriga levantó la ceja intrigada y La Curiosidad, sin poder contenerse preguntó:
-¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?
-Es un juego, - explicó La Locura -en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras vosotros os escondéis y cuando yo haya terminado de contar, el primero de
vosotros que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

El Entusiasmo bailó secundado por La Euforia, La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a La Duda, e incluso a La Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron jugar, La Verdad prefirió no esconderse, ¿para qué?, Si al final siempre la hallaban, y La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y La Cobardía prefirió no arriesgarse...

Uno, dos, tres... comenzó a contar La Locura.

La primera en esconderse fue La Pereza, que como siempre se tumbó tras la primera piedra del camino.

La Fe subió al cielo y La Envidia se escondió tras la sombra de El Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanza a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos. Que si ¿un lago cristalino? Ideal para La Belleza. Que si ¿la hendija de un árbol? Perfecto para La Timidez. Que si  ¿el vuelo de una mariposa? Lo mejor para La Voluptuosidad. Que si ¿una ráfaga de viento? Mágnifico para La Libertad. Así que terminó por ocultarse en un rayito de sol.

El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio: ventilado, cómodo... pero solo para él.

La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira , en realidad se escondió detrás del arcoiris) y La Pasión y El Deseo en el centro de los volcanes.
 
El Olvido... se me olvidó donde se escondió... Pero eso no es lo importante. Cuando La Locura contaba 999.99, El Amor aún no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo estaba ocupado... Hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores.

-Un millón - contó La Locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue La Pereza sólo a tres pasos de una piedra.


Después escuchó a La Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre Teología, y a La Pasión y El deseo los sintió en el vibrar de los volcanes.En un descuido encontró a La Envidia y claro, así pudo deducir donde estaba El Triunfo.

El Egoísmo no tuvo que ni buscarlo. Él solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a La Belleza, y con La Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una valla sin decidir aún donde esconderse.

Así fue encontrando a todos. El Talento entre la hierba fresca, a La Angustia en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arcoiris (mentira, si ella estaba en el fondo de los océanos) y hasta a El Olvido... que ya se había olvidado de que estaban jugando al escondite, pero sólo El Amor no aparecía por ningún sitio.

La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y las rosas... Y tomó un palo y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos a El Amor; La Locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde la primera vez que se jugó al escondite en La Tierra El Amor es ciego y La Locura siempre le acompaña.